Añadiendo a la cesta

La literatura como arma cargada de presente

31/03/2017 José Membrive

La literatura como arma cargada de presente

 

Se aproxima Sant Jordi y la fiesta más hermosa y breve del mundo se apresta a desplegar sus faldas de libros y los ciudadanos comienzan a mirar títulos para posibles regalos.

Hay desconcierto exterior: el paro, que no cesa; la turbulencia estéril neutraliza los partidos, unos perros se cambian de collares y otros se aferran a los viejos pero todos de acuerdo para revolver las aguas del río social y acabar con los peces.

Al margen, de espectadora, viendo como el río de la idiotez se desliza, la Puerta de Alcalá literaria toma nota dolida de todo cuanto ocurre y trata, como siempre, para reordenarnos interiormente.

La literatura, el arte en general, despliega una mirada global, sosegada, lúdica, sobre la condición humana, pero, sobre todo, nos fortalece ante tanta incertidumbre.

La voz interior, pretendidamente aplastada por el ruido de los sables mentales, sabe encaminarnos hacia un mundo compartido.

Leer es compartir con los autores, con otros lectores, un juego que nos cura y nos dota de armas contra el enemigo interior, el más peligroso, porque lo creemos aliado.

La literatura emerge de un banco de datos onírico y universal que se llama inconsciente, pero, inmediatamente, se pone al servicio del presente y nos dibuja una verdad ficcionada, mucho más sólida que la realidad artificiosa que nos construyen desde la política y los medios de comunicación. Leer buena literatura es la mejor forma de conocer el presente y de indagar en nuestro fortalecimiento interno.

Compartir lecturas es compartir sentimientos y compartir destino. El lenguaje nos pone en contacto con lo más sólido de nosotros mismos. Tal vez por eso constituya el oscuro objeto del deseo de nuestros políticos: el uso de los idiomas como arma arrojadiza. El pensamiento, la lengua, el idioma, el afecto, todo cuanto emana de la literatura está por encima de las ideologías y esto, a nuestros dirigentes, no les gusta. Por eso lo ensucian en sus interminables quimeras.

La literatura, como el pensamiento, como el placer por la vida, no tiene fronteras físicas, ni idiomáticas ni temporales. El gran Plauto es más actual que la inmensa mayoría de rancios discursos de los egregios dirigentes.

Pero lo que más molesta de la literatura es su carácter indómito, la capacidad de romper los tópicos utilizados para enfrentarnos. La literatura es la biblia humana que entre todos vamos construyendo. Por la paz, por la esperanza que, en el fondo, emana de la buena literatura, celebremos la primavera con una lluvia de libros, de rosas, y de versos y de besos.

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